Cualquiera puede subir una imagen a un reproductor. El problema aparece cuando esa imagen se reduce a sesenta píxeles en la pantalla de un teléfono y el título se vuelve una mancha. Por eso cada pieza del catálogo se documenta con sus medidas en píxeles, la cantidad de capas del archivo editable, las fuentes usadas y un enlace de descarga en PNG y JPG. No es burocracia: es la diferencia entre una carátula que se reconoce al desplazarse por el feed y una que se pierde entre cientos.
La miniatura manda
Antes de mirar el detalle grande, revisamos cómo se comporta la pieza reducida. Si el contraste se cae o la tipografía se cierra, la portada vuelve al taller. Los estilos que mejor resisten esa prueba son la línea simple y el alto contraste, aunque el risograph y el collage analógico escaneado también funcionan cuando la paleta está bien separada.
El archivo tiene que estar vivo
Una carátula sin capas es una foto muerta. Pedimos archivos donde el productor pueda mover un elemento sin rehacer la composición completa, porque una temporada cambia y la identidad visual debería acompañar ese cambio sin empezar de cero cada semana.
Curaduría antes de publicar
Ninguna pieza se sube automáticamente. Revisamos que las medidas, las fuentes y el proceso declarado coincidan con lo que se ve. Si algo no cierra, lo devolvemos con observaciones concretas en lugar de dejar pasar una ficha a medias que después confunde a quien busca referencias reales.
Un catálogo, no un escaparate
Acá no hay ranking de popularidad ni piezas destacadas por cantidad de reproducciones. El orden lo definen el género sonoro y el estilo gráfico, para que un podcast de archivo oral encuentre referencias de archivo oral y no un mosaico aleatorio de imágenes lindas sin contexto.
Si querés ver cómo se traducen estos criterios en piezas concretas, el recorrido por las propuestas del archivo muestra el tipo de documentación que acompaña a cada portada, y el apartado de recursos reúne las referencias que usamos para hablar de legibilidad, formato y proceso.